Bares, comida y antropología

La coci­na no sir­ve para nada si no es una cele­bra­ción de la vida; una idea apa­ren­te­men­te bási­ca, pero cuya impor­tan­cia mere­ce una refle­xión. Refle­xión que nos invi­ta a hacer el pro­fe­sor, escri­tor y divul­ga­dor Ismael Ferrer en las pági­nas de su ensa­yo Comien­do el mun­do, lle­ga el cam­bio (Edi­cio­nes Trea, 2025). Par­tien­do de una filo­so­fía que nace de la nece­si­dad de encon­trar la armo­nía entre el pla­ne­ta y la mesa, de enten­der que los ali­men­tos están vivos y que «la comi­da es cul­tu­ra cuan­do se pro­du­ce, se pre­pa­ra y se con­su­me en el lugar de ori­gen», como expli­có Mas­si­mo Mon­ta­na­ri, Ferrer plan­tea el gra­ve pro­ble­ma que supo­ne una cul­tu­ra gas­tro­nó­mi­ca igua­li­ta­ria, deci­di­da por gen­tes que no tie­nen en cuen­ta el pla­ne­ta ni los esce­na­rios en los que vivimos.

Un mode­lo ali­men­ta­rio que aten­ta con­tra las cul­tu­ras ali­men­ta­rias loca­les, ero­sio­na la diver­si­dad vege­tal y ani­mal y eli­mi­na la rique­za y cul­tu­ra culi­na­ria de miles de pue­blos a lo lar­go y ancho de la Tie­rra. Sin embar­go, el ser humano tie­ne la liber­tad y la res­pon­sa­bi­li­dad de saber qué ali­men­tos ofre­cen mayor sabor para dis­fru­tar en la mesa, cuá­les de ellos apor­tan una mejor salud y cuá­les cui­dan y sal­va­guar­dan en su con­jun­to el pla­ne­ta que habi­ta, elec­cio­nes que nos per­mi­ten dis­po­ner de cier­to poder para cam­biar el mun­do. En la mano de cada uno está la posi­bi­li­dad de ele­gir la comi­da que va a con­su­mir y con este peque­ño ges­to con­se­guir que el pla­to sea bueno para sí mis­mo, para el colec­ti­vo humano y para el pla­ne­ta. En este sen­ti­do el ensa­yo de Ferrer tra­ta de ins­pi­rar, obser­var y refle­xio­nar sobre el rol de la comi­da y la coci­na en la Tie­rra, en un siglo, el XXI, en el que la huma­ni­dad debe com­pren­der que el úni­co patri­mo­nio que da de comer es el ali­men­ta­rio y que, por tan­to, cam­bian­do el hábi­to de comer tam­bién cam­bia­mos en algu­na medi­da el mundo.

Antro­po­lo­gía del bar. La últi­ma cons­tan­te en tiem­pos cam­bian­tes (Edi­cio­nes Trea, 2025), del taber­ne­ro, his­to­ria­dor y antro­pó­lo­go social Ser­gio Gil, nos sumer­ge en el mun­do de los bares. ¿En qué con­sis­te un bar? ¿Es solo un esta­ble­ci­mien­to en el que se sir­ven bebi­das y ali­men­tos que las acom­pa­ñen? Esos ras­gos defi­nen sin duda en qué con­sis­ten este tipo de loca­les, pero debe­mos aña­dir que el ser­vi­cio que ofre­cen es tam­bién el de poner a dis­po­si­ción de sus clien­tes un micro­cli­ma des­ti­na­do a favo­re­cer deter­mi­na­das situa­cio­nes de inter­ac­ción huma­na. Pare­cen esce­na­rios tri­via­les que for­man par­te de nues­tra coti­dia­nei­dad, pero esa natu­ra­le­za banal ocul­ta una dimen­sión pro­fun­da y tras­cen­den­te que rela­cio­na aspec­tos cla­ve de la exis­ten­cia de los indi­vi­duos y las colec­ti­vi­da­des. Los bares pro­veen de esce­no­gra­fías para los sen­ti­mien­tos. En los bares se ríe, se char­la ani­ma­da­men­te, pero tam­bién se ven sem­blan­tes serios o ape­na­dos. En los bares, a veces, dis­cre­ta­men­te, se llo­ra. En ellos se bebe por­que se está ale­gre o por­que se está tris­te, pero nadie bebe sin com­pa­ñía. A par­tir de este reco­no­ci­mien­to de la natu­ra­le­za del bar como recep­tácu­lo y emi­sor de socia­bi­li­dad, Ser­gio Gil pro­po­ne una teo­ría y una prác­ti­ca del bar a par­tir de cua­tro vías de cono­ci­mien­to: la etno­grá­fi­ca, la antro­po­ló­gi­ca, la gas­tro­po­ló­gi­ca (enten­dien­do como gas­tro­po­lo­gía una dis­ci­pli­na que reco­no­ce la gas­tro­no­mía como uni­ver­so regi­do por leyes y prin­ci­pios pro­pios, que no son meras pro­yec­cio­nes de nues­tra socie­dad, sino que la pro­du­cen y la hace posi­ble), la de las lógi­cas socia­les y cul­tu­ra­les y, por últi­mo, la de su pro­pia bio­gra­fía. El bar es un lugar a medio camino entre la calle y el hogar. En todos los casos ele­gi­mos nues­tros bares para hacer de ellos un refu­gio, un lugar del que res­guar­dar­nos de la calle y no pocas veces tam­bién de ese hogar que no aca­bo sien­do lo que pro­me­tía. Somos los bares a los que vamos, por­que es en ellos que somos, en tan­to es allí don­de nos encon­tra­mos a noso­tros mis­mos en quie­nes nos acompañan.

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