Hace unos 300.000 años aparecieron en África poblaciones cuya morfología guarda un gran parecido con el de las poblaciones de nuestra especie. Salvo por algunos detalles en el cráneo y en la cara, los fósiles del yacimiento de Jebel Irhoud, en Marruecos, datados aproximadamente 315.000 años antes del presente, sugieren que Homo sapiens estaba naciendo en ese momento. Desde entonces nos hemos convertido en la especie animal más dominante de la historia: nuestro número pronto rondará los diez mil millones y no hay prácticamente hábitat planetario que no hayamos abarcado y transformado a nuestro antojo, poniendo, prácticamente, el mundo a nuestros pies. Gran parte de nuestra trayectoria como especie, el 99% aproximadamente, se desarrolla en el período Paleolítico, durante el cual los seres humanos vivían en pequeños grupos nómadas de cazadores-recolectores. Por tanto, es lógico pensar que la selección natural haya favorecido aquellas características que resultaran más eficaces biológicamente hablando durante ese período. Además de las morfológicas, como la postura bípeda, el pulgar oponible o el tamaño del cerebro, las presiones evolutivas cincelaron también nuestra psicología, nuestros comportamientos, emociones y reacciones. Nuestra mente es, por tanto, paleolítica. Un cerebro tribalista, preparado, no para hacernos felices, sino eficaces, en un mundo en el que era cuestión de vida o muerte ver las cosas en blanco y negro: amigo/enemigo, predador/presa, lucha/huida, comestible/no comestible. Un cerebro, al fin y al cabo, adaptado, al igual que nuestra anatomía, a un ambiente ancestral, que desaparecería con la llegada de la revolución neolítica y la adopción de la economía productora. El mundo cambió, sí, pero nuestro cerebro apenas lo hizo, convirtiendo a la especie humana en desadaptada, desajustada con el entorno moderno. Ese desajuste se manifiesta en nuestros cuerpos, con enfermedades físicas y mentales propias del mundo moderno, y también en nuestros comportamientos. El tribalismo surgido en las pequeñas comunidades paleolíticas otrora adaptativo, y una de las fuerzas más potentes que han conformado nuestra historia, es ahora incapaz de una cooperación y un altruismo universales, encerrándonos en grupos antagónicos obsesionados con los intereses grupales en lugar de los globales, como refleja José Montero Omenat en su ensayo La especie inadaptada. Por qué nuestro cerebro desfasado puede llevarnos al desastre (Ediciones Trea, 2026). A lo largo de sus páginas, y tal y como indica el título, el autor reflexiona sobre nuestro cerebro, sus características y las consecuencias de su desajuste con el entorno. El mismo que nos permitió sobrevivir es el mismo que nos está convirtiendo en una especie inadaptada. Un cerebro impulsivo, pendenciero, dominado por las emociones y obstinado en crear antagonismos. En definitiva, un cerebro paleolítico que no ve más allá de sus narices.













