Cuando el cerebro paleolítico no ve más allá de sus narices

Ediciones Trea - 979-13-88179-29-7 - La especie inadaptada -Jose Montero Omenat

Hace unos 300.000 años apa­re­cie­ron en Áfri­ca pobla­cio­nes cuya mor­fo­lo­gía guar­da un gran pare­ci­do con el de las pobla­cio­nes de nues­tra espe­cie. Sal­vo por algu­nos deta­lles en el crá­neo y en la cara, los fósi­les del yaci­mien­to de Jebel Irhoud, en Marrue­cos, data­dos apro­xi­ma­da­men­te 315.000 años antes del pre­sen­te, sugie­ren que Homo sapiens esta­ba nacien­do en ese momen­to. Des­de enton­ces nos hemos con­ver­ti­do en la espe­cie ani­mal más domi­nan­te de la his­to­ria: nues­tro núme­ro pron­to ron­da­rá los diez mil millo­nes y no hay prác­ti­ca­men­te hábi­tat pla­ne­ta­rio que no haya­mos abar­ca­do y trans­for­ma­do a nues­tro anto­jo, ponien­do, prác­ti­ca­men­te, el mun­do a nues­tros pies. Gran par­te de nues­tra tra­yec­to­ria como espe­cie, el 99% apro­xi­ma­da­men­te, se desa­rro­lla en el perío­do Paleo­lí­ti­co, duran­te el cual los seres huma­nos vivían en peque­ños gru­pos nóma­das de caza­do­res-reco­lec­to­res. Por tan­to, es lógi­co pen­sar que la selec­ción natu­ral haya favo­re­ci­do aque­llas carac­te­rís­ti­cas que resul­ta­ran más efi­ca­ces bio­ló­gi­ca­men­te hablan­do duran­te ese perío­do. Ade­más de las mor­fo­ló­gi­cas, como la pos­tu­ra bípe­da, el pul­gar opo­ni­ble o el tama­ño del cere­bro, las pre­sio­nes evo­lu­ti­vas cin­ce­la­ron tam­bién nues­tra psi­co­lo­gía, nues­tros com­por­ta­mien­tos, emo­cio­nes y reac­cio­nes. Nues­tra men­te es, por tan­to, paleo­lí­ti­ca. Un cere­bro tri­ba­lis­ta, pre­pa­ra­do, no para hacer­nos feli­ces, sino efi­ca­ces, en un mun­do en el que era cues­tión de vida o muer­te ver las cosas en blan­co y negro: amigo/enemigo, predador/presa, lucha/huida, comestible/no comes­ti­ble. Un cere­bro, al fin y al cabo, adap­ta­do, al igual que nues­tra ana­to­mía, a un ambien­te ances­tral, que des­apa­re­ce­ría con la lle­ga­da de la revo­lu­ción neo­lí­ti­ca y la adop­ción de la eco­no­mía pro­duc­to­ra. El mun­do cam­bió, sí, pero nues­tro cere­bro ape­nas lo hizo, con­vir­tien­do a la espe­cie huma­na en des­adap­ta­da, des­ajus­ta­da con el entorno moderno. Ese des­ajus­te se mani­fies­ta en nues­tros cuer­pos, con enfer­me­da­des físi­cas y men­ta­les pro­pias del mun­do moderno, y tam­bién en nues­tros com­por­ta­mien­tos. El tri­ba­lis­mo sur­gi­do en las peque­ñas comu­ni­da­des paleo­lí­ti­cas otro­ra adap­ta­ti­vo, y una de las fuer­zas más poten­tes que han con­for­ma­do nues­tra his­to­ria, es aho­ra inca­paz de una coope­ra­ción y un altruis­mo uni­ver­sa­les, ence­rrán­do­nos en gru­pos anta­gó­ni­cos obse­sio­na­dos con los intere­ses gru­pa­les en lugar de los glo­ba­les, como refle­ja José Mon­te­ro Ome­nat en su ensa­yo La espe­cie inadap­ta­da. Por qué nues­tro cere­bro des­fa­sa­do pue­de lle­var­nos al desas­tre (Edi­cio­nes Trea, 2026). A lo lar­go de sus pági­nas, y tal y como indi­ca el títu­lo, el autor refle­xio­na sobre nues­tro cere­bro, sus carac­te­rís­ti­cas y las con­se­cuen­cias de su des­ajus­te con el entorno. El mis­mo que nos per­mi­tió sobre­vi­vir es el mis­mo que nos está con­vir­tien­do en una espe­cie inadap­ta­da. Un cere­bro impul­si­vo, pen­den­cie­ro, domi­na­do por las emo­cio­nes y obs­ti­na­do en crear anta­go­nis­mos. En defi­ni­ti­va, un cere­bro paleo­lí­ti­co que no ve más allá de sus narices.

 

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