Las «Soledades» y su lengua poética

Ediciones Trea - 979-13-88179-30-3 - La lengua poetica de las soledades - Rafael Bonilla - Jesus Ponce

Las Sole­da­des (1613‑c. 1617) de Luis de Gón­go­ra repre­sen­tan la cima de la poe­sía barro­ca en espa­ñol, al tiem­po que coro­nan la pro­pues­ta del nue­vo esti­lo acu­ña­do por el poe­ta y dra­ma­tur­go cor­do­bés entre 1612 y 1618. Un esti­lo, el gon­go­ris­mo o cul­te­ris­mo, cuyas obras mayo­res se fue­ron suce­dien­do, ver­ti­gi­no­sa­men­te, a lo lar­go del cita­do sexe­nio: la Fábu­la de Poli­fe­mo y Gala­tea (1612), las revo­lu­cio­na­rias sil­vas (la segun­da de ellas incon­clu­sa), el Pane­gí­ri­co al duque de Ler­ma (1617) y la Fábu­la de Píra­mo y Tis­be (1618). Fren­te a los dos epi­lios y el poe­ma lau­da­to­rio dedi­ca­do al vali­do de Feli­pe III, las Sole­da­des sus­ci­ta­ron, sin embar­go, una encen­di­da polé­mi­ca al rom­per radi­cal­men­te con los cáno­nes poé­ti­cos esta­ble­ci­dos. Los detrac­to­res de esta nue­va poe­sía fue­ron múl­ti­ples y nota­bles (Que­ve­do, Lope, Jau­ré­gui, Cas­ca­les, Faria e Sou­sa o el prín­ci­pe de Esqui­la­che) hacien­do que la apo­lo­gía en defen­sa del esti­lo gon­go­rino de Pedro Díaz de Rivas supu­sie­ra un hecho pun­tual. Por otra par­te, múl­ti­ples tam­bién fue­ron los moti­vos que irri­ta­ron a los cita­dos detrac­to­res: las muchas voces pere­gri­nas intro­du­ci­das; los fre­cuen­tí­si­mos tro­pos; las abun­dan­tes trans­po­si­cio­nes; la obs­cu­ri­dad de esti­lo resul­tan­te; la dure­za de algu­nas metá­fo­ras; de des­igual­dad del esti­lo en algu­nas par­tes; el uso de pala­bras humil­des y otras subli­mes; las repe­ti­cio­nes fre­cuen­tes de unas mis­mas voces y fra­sis; hipér­bo­les y gran­des exa­ge­ra­cio­nes; la lon­gi­tud de algu­nos perío­dos o la redun­dan­cia. Estos ana­te­mas con­tra Gón­go­ra fun­cio­nan como una espe­cie de brú­ju­la que per­mi­te orien­tar­se a la hora de ana­li­zar una inno­va­do­ra for­ma de escri­tu­ra que, en aque­llos días, y para bien o para mal, no dejó a nadie indi­fe­ren­te. Y es pre­ci­sa­men­te esta brú­ju­la la que ha orien­ta­do a los nue­ve inves­ti­ga­do­res que par­ti­ci­pan en la mono­gra­fía La len­gua poé­ti­ca de las «Sole­da­des» (Edi­cio­nes Trea, 2026). Edi­ta­do por Rafael Boni­lla Cere­zo y Jesús Pon­ce Cár­de­nas, el obje­ti­vo de este volu­men colec­ti­vo no es sino escla­re­cer algu­nos aspec­tos de la obs­cu­ri­tas de tan «cos­mo­gó­ni­co poe­ma», ahon­dar en su cer­ca­nía esté­ti­ca con el latín impe­rial, son­dear cua­tro figu­ras que des­te­llan con pere­grino brío (la metá­fo­ra, el símil, la líto­te y la ale­go­ría) y esco­liar un puña­do de pasa­jes —tan difí­ci­les como exqui­si­tos— a la luz de la tra­di­ción clá­si­ca y rena­cen­tis­ta. De este modo, los auto­res aspi­ran a pro­lon­gar, e inclu­so a com­ple­tar (siquie­ra en par­te) las apor­ta­cio­nes de un maes­tro de la talla de Dáma­so Alon­so, quien, con su tesis doc­to­ral sobre La len­gua poé­ti­ca de Gón­go­ra (1935), abrió una vía tan bri­llan­te como sóli­da para esta cla­se de asedios.

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