Saltamontes para desayunar
Disponible próximamente.
¿Por qué la sola idea de ingerir harina de grillo nos revuelve el estómago? ¿Y por qué, en cambio, no nos ocurre lo mismo ante unos langostinos a la plancha? La respuesta es sencilla: nuestros gustos —y también nuestros rechazos— se aprenden en familia y en la sociedad. Sin embargo, la emergencia climática y las desigualdades sociales derivadas de un sistema de producción cada vez menos sostenible nos obligan a cambiar de rumbo. El gran reto consiste en replantearnos nuestra manera de alimentarnos para reducir al mínimo el impacto ambiental y favorecer una distribución más justa de los recursos.
En este contexto, los llamados nuevos alimentos empiezan a abrirse paso en nuestras mesas. Insectos, cactus, medusas y algas dejarán de ser ingredientes propios de países lejanos o de los menús más vanguardistas para convertirse, quizá antes de lo que imaginamos, en parte de nuestra alimentación cotidiana, junto con otros alimentos que culturalmente consideramos «buenos para comer».
Pero ¿es realmente posible aprender a disfrutar de nuevos sabores? Al reflexionar sobre las razones por las que rechazamos ciertos alimentos que forman parte de la dieta cotidiana en otras partes del mundo, descubrimos que nuestros gustos son, ante todo, una forma de expresar nuestro rechazo hacia los gustos de los demás: una manera de diferenciarnos y de afirmar nuestra identidad.
Sin embargo, el ser humano ha sido siempre un animal nómada. Ese constante desplazamiento ha hecho que todas las fronteras —también las culinarias— puedan cruzarse. Igual que en su día aprendimos a incorporar el maíz, el tomate o la patata a nuestra cocina, quizá pronto también podamos disfrutar de una parrillada de chinches de agua, una sopa de algas, una ensalada de medusa con jengibre o unos tacos rellenos de cactus estofado.