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Formato: 14 x 21.5 cm.
Páginas: 360
Año: 2019
ISBN: 978-84-17767-14-3

Como un perro en la tumba de un cruzado

22,00

El pro­ta­go­nis­ta de esta fábu­la, un joven con­sen­ti­do e irres­pon­sa­ble, ve de pron­to inte­rrum­pi­da su vida banal por un acci­den­te igual­men­te absur­do, casi bus­ca­do. El des­per­tar le hace sabe­dor de todo lo que arro­lló en su incons­cien­cia, un aba­ni­co de pér­di­das entre las que se cuen­ta un amor que no que­ría lla­mar­se así y un ruti­lan­te aspec­to físi­co arrui­na­do para siem­pre. Tam­bién le espe­ran a los pies de la cama una mule­ta y la vie­ja dis­yun­ti­va, por supues­to fal­sa: acep­tar las cosas como son o eva­dir­se, has­ta don­de la reali­dad se lo per­mi­ta y más allá, pues para eso está la «locu­ra», es decir, la fan­ta­sía y las plás­ti­cas pala­bras, siem­pre dis­pues­tas a con­tar­nos el mun­do como más nos gus­te, a dotar­nos de una iden­ti­dad a la medi­da de nues­tro deli­rio y a fra­guar la reali­dad para­le­la en la que nos ape­tez­ca vivir, sin más lími­tes que los de nues­tra ima­gi­na­ción y aque­llos otros que esta­blez­can nues­tros escrú­pu­los mora­les, en caso de tenerlos.
Del mis­mo modo que Alon­so Qui­jano se des­en­ten­dió de su abu­rri­da iden­ti­dad para adop­tar otra mucho más seduc­to­ra y memo­ra­ble, e igual que Juan María Brau­sen con­clu­yó su hui­da de la reali­dad en un lugar don­de nun­ca nadie le deten­dría (la «míti­ca» San­ta María que él mis­mo se inven­ta para des­apa­re­cer), el auto­de­no­mi­na­do Dái­môn H. Eliot arma su nue­va per­so­na­li­dad jun­tan­do des­po­jos y eli­ge su lugar y una nue­va mane­ra de vivir, ade­más del poder omní­mo­do que le otor­gan su sobe­ra­na ima­gi­na­ción y un len­gua­je que empu­ña y blan­de con insolencia.

Como un perro en la tum­ba de un cru­za­do pue­de ser vis­ta como una pará­bo­la sobre la pér­di­da de la cor­du­ra y/o la fas­ci­na­ción que ejer­ce el poder, es decir, el poder de hacer el mal, pero tam­bién como un ejer­ci­cio de inmer­sión en las pro­fun­di­da­des no visi­ta­das don­de se for­ma y defor­ma nues­tro carác­ter y, si el vie­jo ada­gio está en lo cier­to, tam­bién nues­tro destino.
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